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NO SIN MI VIOLÍN

IMG_0842_FotorEl pasado fin de semana el diario El País ha publicado un artículo titulado Así actúan los cazatalentos, en el que he tenido la oportunidad de participar dando mi opinión junto a otros expertos. No soy cazatalentos, pero mi trayectoria evaluando talento me ha dado la oportunidad de trabajar con algunos de los mejores profesionales en la búsqueda y selección de personas.

Esta experiencia me lleva a reflexionar sobre la forma en la que la Generación Z y la de los Millennials, es decir, las últimas en incorporarse al mercado laboral, perciben el mundo del trabajo y, también, acerca del reto que para las empresas supone un nuevo escenario en el que los procesos de selección se convierten también en un terreno abonado para hacer marca de empleador.

Una de las creencias que más fuerza cobra en los últimos tiempos es la de que se ha acabado para siempre la clásica dicotomía persona / profesional. Hasta hace muy poco tiempo se aceptaba la idea de que el individuo se comportara de una manera de 9 a 18,00 h. y de otra muy distinta una vez concluida la jornada laboral. Era como si en horario de trabajo activáramos el modo profesional y no permitiéramos a nuestro yo-persona tomar el control de la situación hasta vernos fuera de la oficina. Hoy esa concepción de la faceta profesional como independiente de la personal está cambiando a marchas forzadas. Porque no somos autómatas ni somos capaces de funcionar separadamente con sólo activar un interruptor. La persona lo es 24 horas al día, con independencia de que lo haga en el trabajo, en su casa o de vacaciones en el Caribe.

Y los primeros en cobrar conciencia de esa realidad han sido precisamente los más jóvenes, que ya no conciben -ni en muchos casos toleran- que en un proceso de selección no se valore aquello que es relevante para ellos en su ámbito personal, sus gustos, inquietudes y comportamientos al margen de lo estrictamente profesional. Que no se interesen, en suma, por ellos como personas y por la forma, en definitiva, en que despliegan su talento, tanto en el trabajo como en la vida. También para la empresa sería un error imperdonable renunciar a la mitad de la foto del candidato que tienen delante. Por tanto la tendencia se dirige a valorar su contribución y su potencial no solo como profesional, sino también como persona, y por supuesto sin renunciar a medir las competencias necesarias para el desempeño del puesto.

Así pues, ya no basta con saber si el candidato sabe trabajar en equipo porque da las respuestas adecuadas y explica sus logros en pasadas experiencias. También quiero saber si le gusta tocar el violín, y si lo ha tocado integrado en alguna orquesta. Porque ese dato me proporcionará una foto más completa de su potencial y, sobre todo, de aquellas cosas que le hacen feliz.

Este panorama idílico presenta un problema. Y es que supone duplicar esfuerzos, tiempos y recursos para la evaluación del talento. En cualquier caso se trata de un dilema con fecha de caducidad, en no mucho tiempo esto será algo innegociable para conseguir que el mejor talento quiera trabajar con nosotros.

  1. 3 agosto 2016 a las 18:08

    etertret

  2. asd
    8 agosto 2016 a las 17:13

    asdasd asdasd

  1. 26 julio 2016 a las 09:44

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